jueves, 4 de noviembre de 2010

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NOS GUSTAN LAS MUJERES PELIGROSAS


Para los que aún creen en la libertad de expresión

Nos gustan las mujeres que nos cortan el aliento. Nos gustan las mujeres que nos impiden respirar tranquilos. Nos gustan las mujeres que nos hacen revivir los terrores de nuestra infancia. 

Nos gustan las mujeres que se ríen de nuestros miedos, mientras nos acojonan con un cuchillo. Nos gustan las mujeres sanguinarias, que se encaraman sobre finísimos tacones de aguja para recordarnos nuestra insignificancia. Nos gustan las mujeres que nos humillan. Nos gusta que nos miren a los ojos y nos hagan sentir que la muerte se pasea por nuestros intestinos.


Nos gustan las vaginas que no se depilan. Las vaginas depiladas parecen mariposas moribundas. Las vaginas que no se depilan son armas letales que estrangulan nuestros genitales. Nuestros genitales no conciben mayor felicidad que agonizar entre las dos cuchillas, donde se gesta la vida y se precipita la muerte. Nos gustan las mujeres que proyectan sombras inquietantes sobre una pared desnuda. Nos gustan las mujeres que estrujan su pecho en un traje de látex. Nos gusta que se quiten las bragas, mientras especulan con el dolor que pueden infligirnos. Nos gusta que nos pongan arneses y nos obliguen a caminar como perros sumisos. Nos gusta que utilicen látigos y cadenas. El hombre que no ha sido encadenado y azotado por una mujer desconoce el goce supremo de no ser nada.


Nos gustan las mujeres que nos tratan como a objetos. Nos gustan las mujeres que se masturban ignorando nuestra presencia. Nos gustan las mujeres que sólo se preocupan de su placer. Las mujeres peligrosas no son nuestras madres. No quieren ser nuestras madres. Tampoco desean ser nuestras amantes. Sólo quieren divertirse a nuestra costa. Se ríen de nosotros y eso nos hace dichosos. 


No nos gustan las mujeres románticas. Las mujeres románticas quieren formar una familia, tener hijos, enviarlos a un colegio de idiotas bilingües. El inglés ya no es el idioma de Shakespeare. El inglés se ha convertido en el sueño de una burguesía ignorante y autocomplaciente. Algunos envían a sus hijas a Londres, sin saber que la pérfida Albión es la patria de todas las perversiones. Aprenderán la lengua y perderán su alma, sin saber que la perfección no está en la fonética, sino en un ano tierno y palpitante. El ano es una rosa escondida, que sólo florece cuando invierte su función natural, cobijando la mano de un ángel. Un ángel con la cabeza rapada.


Nos gustan las vampiresas de enormes tetas, que adoran al demonio y agitan una capa negra, sin ocultar sus intenciones. No pretenden echar un polvo con nosotros. Pretenden envolvernos en su capa y hundirnos los colmillos en el cuello. Podemos admirarlas, temerlas, desearlas, pero nunca lograremos yacer con ellas. Su carne no es de este mundo. Su carne se ríe de nuestras flaquezas. Se ríe de nuestro pene extenuado por fantasías irrealizables.


Nos gustan las mujeres que nos esperan con un revolver en la mano. Nos gustan sus botas negras que trepan hasta sus muslos. Nos gusta su pelo corto, estilo Jean Seberg. Jean Seberg se suicidó. Las mujeres peligrosas no se suicidan. Las mujeres peligrosas nos quitan la vida. No sienten lástima ni culpabilidad. La culpabilidad es un sentimiento de puritanas. Las puritanas no han follado jamás y creen que el cuerpo es la cárcel del alma. Las puritanas llevan cilicios y se azotan con disciplinas. Maltratan su cuerpo sin conseguir un orgasmo. Las mujeres peligrosas encadenan los orgasmos, mientras nuestros penes tiritan de frío como niños huérfanos en un cuento de Dickens. Las mujeres peligrosas no leen a Dickens. Dickens es para las puritanas. Las mujeres peligrosas leen a Luis Cernuda, pues aprecian a los poetas de verdad y no les preocupan que pierdan el culo por un muchacho andaluz.


Las mujeres peligrosas a veces llevan un parche de filibustero. Las mujeres peligrosas sólo necesitan un ojo para taladrarnos el alma, recordándonos que no son para nosotros. Las mujeres peligrosas utilizan a los hombres, pero el amor lo reservan para otras mujeres peligrosas. Las mujeres peligrosas siempre tienen los pezones duros. Sus pezones son dos poetas hambrientos, que se masturban mutuamente en las letrinas de una vieja estación de ferrocarril. Las mujeres peligrosas tienen mucho glamour, pero también les mola lo sórdido, lo cutre, lo abyecto y protervo. Lo protervo es una vieja palabra que morirá en un mundo bilingüe, donde los idiomas desembocarán en el caos de Blade Runner. Ya no habrá replicantes que se enfrenten a la muerte con palabras encendidas por el temor y la melancolía. Los replicantes ya no dirán: “He visto cosas que no podríais imaginar”. Los replicantes dirán: “Open the door o chingo la window”. Será un mundo hermoso, donde lo terrible ya no será un adjetivo, sino un montón de letras sin significado.


Las mujeres peligrosas a veces se disfrazan de puritanas y se masturban entre cirios. Las mujeres peligrosas fuman en los confesionarios, los hospitales, los institutos. Fuman porque les sale de los ovarios. Fuman porque el tabaco es un acto de resistencia contra un mundo que se escora hacia el fascismo


Las mujeres peligrosas aman a Marilyn Monroe. Por eso, usan pamela. Audrey Hepburn nos le parece elegante sino blanda e insoportablemente cursi. Las mujeres peligrosas fuman con boquilla porque imitan a Mae West, una mujer libre, hermosa. Infinitamente promiscua, infinitamente ingeniosa. Fue la primera que dijo: “Cuando soy buena soy muy buena, pero cuando soy mala soy mejor”. 


Las mujeres peligrosas son las concubinas del demonio. Follan con chivos de inquietantes pezuñas, follan con los muertos, follan con ángeles rebeldes, que se han quedado afónicos maldiciendo a Dios y a los idiotas que invocan su nombre. Las mujeres peligrosas tienen un enorme trasero y utilizan calaveras de vampiros para iluminar sus sueños. Las vampiresas se ríen del viento paráclito. No necesitan decir: Fuck you. El mundo ya está jodido. Jodido por las puritanas que organizan linchamientos y añoran el Santo Oficio. A las puritanas no les preocupa la fe ni el futuro de los niños. Sólo les preocupa dejar un rastro de dolor a su paso. 


Las mujeres peligrosas son nuestra esperanza. Sólo ellas podrán acabar con la gramática, los algoritmos y el obsceno bilingüismo. Todas esas calamidades proceden de una raíz común llamada fascismo. Las mujeres peligrosas serán la tumba del fascismo. Si fracasan, sólo les pedimos que nos arrebaten la vida con un beso letal. Preferimos eso a ser los parias de una triste mojiganga. Ser el primer poeta de España no es divertido cuando nadie lee a los poetas, porque todo el mundo está demasiado ocupado estudiando gramática inglesa.


RAFAEL NARBONA